LA RENTA DE LA TIERRA
Y UNA TESIS CUESTIONABLE
En
diversas ocasiones alumnas o alumnos de la Carrera de Sociología de la UBA me
han consultado sobre una tesis que sostiene que:
a) la fuente principal de plusvalía en
Argentina es la renta diferencial de la tierra;
b) esta renta diferencial de la tierra es la
que permite al capital industrial obtener plusvalías extraordinarias;
c) es ésta renta la que se apropia el Estado
mediante las retenciones;
d) el hecho que la fuente principal de la
plusvalía sea la renta diferencial de la tierra constituye la prueba de que no
existe un desarrollo de las fuerzas productivas en el agro argentino.
Dado
que en estos momentos estoy concentrado en otros asuntos, y dispongo de poco
tiempo, aquí quisiera plantear sólo algunos de los problemas que veo en esta
tesis. En lo que sigue me baso en la teoría de la renta de la tierra de Marx,
tal como está presentada en El Capital.
Doy por conocidas las categorías previas, como valor y plusvalía, plusvalía
extraordinaria, tasa de ganancia y precios de producción.
La
primera aclaración que se impone es que cuando hablamos de “renta” nos estamos
refiriendo al concepto en el sentido en que lo empleó Marx (o Ricardo), esto
es, al ingreso que le corresponde al dueño de la tierra por poseer el monopolio
de una parte del planeta. Es importante tener esto en mente porque muchas veces
en la contabilidad burguesa se hace figurar bajo el rótulo de “renta” el rinde
neto que le queda al empresario dueño del campo una vez descontados sus costos
de producción e impuestos. Pero esta “renta” corresponde a lo que en la teoría
de Marx es ganancia empresaria y renta de la tierra propiamente dicha. Nosotros
vamos a utilizar las categorías de Marx, no las de la contabilidad burguesa.
La
segunda cuestión, y la esencial, que me surge frente a la tesis bajo examen, la
puedo formular como pregunta: ¿a qué tipo de renta diferencial se está
refiriendo, a la renta diferencial I, o a la II?
El
problema no es menor, ya que la renta diferencial I es la que corresponde al propietario
por la diferencia de la productividad natural
de la tierra. La renta diferencial II, en cambio, es la que deriva de las
inversiones de capital. Si bien desde el análisis cuantitativo es difícil
distinguir la renta diferencial I de la renta diferencial II, y si bien la
primera constituye la base de la segunda, desde el punto de vista analítico la diferencia es clave. Es que la
primera se origina por la inversión de un mismo monto de capital sobre tierras
de diferente productividad natural, y la segunda por la inversión de distintos
montos de capital sobre una misma tierra. Esta última por lo tanto existe en
tanto haya inversión, y en tanto el
propietario de la tierra se apropie de la plusvalía extraordinaria que se
genera por este aumento de la inversión y la productividad. El caso más
claro es el contrato de aparcería, en el cual se establece el alquiler del
campo en términos de porcentaje del producto; aquí una parte del aumento de la
plusvalía por aumento del rinde que deriva de la inversión de capital pasa a
ser renta diferencial II, y es el ingreso que recibe el propietario. Pero la
parte de esa plusvalía extraordinaria que no pasa a manos del propietario, y
que se origina en la inversión del capital, no
es renta de la tierra, sino ganancia extraordinaria. Esta última puede
quedar en manos del Estado, a través de los impuestos; o en manos del
capitalista agrícola o ganadero. Y también puede ser motivo de disputas, como
se puede ver en el conflicto que existe con Monsanto por las regalías sobre las
semillas genéticamente transformadas. No comprendo cómo se puede hablar de
“renta diferencial” sin hacer este distingo, y sostener además que todos los
ingresos fiscales por las retenciones agrícolas y demás impuestos de la tierra (alrededor
de 2.200 millones de dólares anuales en 2005) constituyen “renta”.
Distinguir
entre ambos tipos de renta diferencial también es importante para el análisis
del desarrollo capitalista. Es que en la actualidad ninguna tierra agrícola o ganadera puede dar renta diferencial si no
existe una fuerte inversión de capital. En Argentina, y a pesar de las
condiciones naturales favorables, la productividad por hectárea se ha elevado
en los últimos años gracias a las inversiones. Esto explica que desde 1990 a la
fecha la producción de granos en Argentina pasara de unos 30 millones de
toneladas a 84 millones en la campaña pasada; y sería de unos 72 millones en la
actual. Este aumento no se produjo por un aumento espontáneo de la fertilidad
de la tierra. Tanto el aumento del área sembrada, como el aumento de los rindes
por hectárea se debieron al aumento de la
inversión de capital. En los últimos años aumentó la inversión en semillas
de alta calidad, fertilizantes, agroquímicos, maquinaria. Para dar sólo un
ejemplo: la inversión en fitosanitarios (herbicidas, fungicidas, cura-semillas,
insecticidas) pasó de 200 millones de dólares en 1990 a 900 millones en 2004. Este
aumento de la productividad, en un marco de precios mundiales sostenidos o al
alza, permitió el aumento de la plusvalía generada en el agro. Todo lo cual se
tradujo en un incremento de la renta diferencial
II.
A su
vez es un hecho que subieron los precios de los campos. Según estudios de la
inmobiliaria Compañía Argentina de Tierras en una serie de 20 años, de 1985 a
2005, los campos maiceros de la zona núcleo están actualmente (comienzos 2006),
a dólares constantes, un 60% más caros de los valores promedios; los trigueros
del sur bonaerense un 70%; los campos de invernada del oeste un 80%; y los de cría
un 60%. La revista Márgenes Agropecuarios
analiza una serie desde 1977 a 2004 y compara los valores promedio contra los
valores de noviembre de 2005. Según este trabajo, un campo maicero vale 907
quintales de maíz por hectárea, contra 306 quintales de promedio para esa
etapa; en los campos de invernada se necesitan 3584 kilos de carne para comprar
una hectárea contra los 1548 kilos que se necesitaban en el promedio de esos
años, y para adquirir un campo de cría se necesitan ahora 971 kilos contra 611
kilos necesarios según el promedio de las serie (datos presentados por La Nación 4/02/06). Sin embargo de estos
datos no debe deducirse mecánicamente que aumentó la renta diferencial de la
tierra en la misma proporción. Es que el aumento del precio de la tierra ha
estado relacionado no sólo con el aumento de la renta diferencial II, sino
también se vincula a la caída de las tasas de interés, en Argentina y a nivel
mundial. Dado que en principio el precio de la tierra se deriva de la
capitalización de la renta a la tasa de interés vigente (como explica Marx en El Capital), la baja de la tasa de
interés potencia la suba del precio de la tierra. Pero además la caída de la
tasa de interés convierte a la tierra en un refugio y alternativa frente a las
inversiones financieras para muchos capitales. Esta circunstancia impulsa hacia
arriba la demanda, y por lo tanto los precios. Esto explica por qué el alto precio de la tierra no está ligado,
necesariamente, a una renta más alta. Sostener que “la prueba” del aumento
de la renta agraria es el aumento del precio de la tierra es no entender este
proceso.
Aclaremos
también que aun así la productividad en muchos casos no llega a la de países en
los que existe mayor inversión de capital. Por ejemplo, los rendimientos en
Argentina en maíz, en 2005 (un año récord), fueron de 7.935 kilos por ha. Es un
buen rendimiento, y se acortó la distancia con Estados Unidos. Pero en Estados
Unidos los rindes promedio, a nivel nacional, fueron de entre 9.300 y 10.000
kilogramos por hectárea en las campañas 2004/2005.
Ahora
bien, si el aumento de la renta diferencial es de tipo II, esto significa que hubo un desarrollo capitalista en el agro.
Cuando hablamos de desarrollo capitalista significamos no sólo que aumentó la
producción de riqueza,[1]
sino también que la producción agraria tomó un carácter decididamente
capitalista. Al respecto es significativo que en Argentina la mayoría de los
dueños del agro son empresarios terratenientes-capitalistas. En 2002, y según
el Censo Agropecuario, 139,7 millones de hectáreas eran explotadas por sus
dueños (contra 151,1 millones en 1988), y 25 millones de hectáreas (contra 18,8
millones en 1988) eran explotadas por contrato (arrendamiento, aparcería,
contratos accidentales).[2]
Vemos así que si bien la proporción bajó con respecto al anterior censo, la amplia mayoría de la tierra es explotada
por propietarios capitalistas. Esto significa que buena parte de lo que
analíticamente podemos considerar renta -o sea, lo que constituye “la forma
económica de la propiedad de la tierra” (Marx)- se integra en la masa global de plusvalía que el
empresario-terrateniente incorpora a su capital.
Además
la variación en el tamaño de las propiedades apunta también a una
profundización del carácter de empresa capitalista del agro. Siempre según el
último censo agropecuario, el tamaño promedio de las explotaciones
agropecuarias en la zona pampeana subió, de 395,6 hectáreas en 1988, a 533,2
hectáreas en 2002; un aumento del 35%. El número de explotaciones de cero a 500
hectáreas bajó un 38% en la zona pampeana, y el de explotaciones que van de
5001 a 2.500 hectáreas bajó el 5,5%. Salvo la zona del noreste argentino, en el
resto del país también hubo un aumento del tamaño medio de las explotaciones.
Pero
además hay que relativizar la incidencia de la renta agraria en el conjunto de
la economía del país. La cosecha de la campaña 2004/05 (que fue record) de
soja, trigo, maíz y girasol representó un valor (precios FOB) total de 15.100
millones de dólares. Se puede calcular en unos 3.000 millones de dólares la
producción total de carne. Si en términos teóricos suponemos un 30% de este
valor va a la renta, estamos hablando de unos 5.500 millones de dólares,
aproximadamente el 5% del PNB. No entiendo cómo se puede sostener que esta suma
constituye la mayor parte de la plusvalía en Argentina. Para verlo mejor con el
caso del maíz: un campo maicero con un rinde de entre 90 y 100 quintales por
hectárea paga una renta de unos 25 quintales; si se trata de un contrato de
aparcería la proporción oscilará entre el 30 y 35% del rendimiento. En
cualquier caso se puede observar que si el valor total de la producción
agrícola está en los 18.000 millones de dólares anuales, o sea, menos del 20%
del PNB, la renta nunca puede constituir la parte principal de la plusvalía
total.
Por
último, una reflexión de las consecuencias políticas de todo esto.
En
esencia, la tesis que estoy discutiendo apunta a repetir la vieja cantinela de
los partidos Comunistas y otras variantes stalinistas, acerca de la existencia
de una clase de latifundistas ociosos, que constituirían la traba fundamental
del desarrollo de las fuerzas productivas en Argentina, de lo que se deduciría
la necesidad de una “revolución democrático burguesa”. En última instancia, el
problema fundamental en este país sería el régimen de la propiedad de la tierra
(el propietario improductivo y ocioso), y no la relación capitalista de
explotación. No es casual por eso que los defensores de esta tesis “se olviden”
de plantear siquiera la cuestión de la renta diferencial II, y de analizar qué
se desprende de ello.
En mi
opinión, la estructura del agro argentino es capitalista, aunque se trate de un
capitalismo atrasado y dependiente. La contradicción social central en
Argentina está planteada en los términos del enfrentamiento del capital
(agrario, industrial, comercial, financiero) y el trabajo explotado.
Rolando Astarita
Febrero 2006
[1] Por producción de riqueza nos referimos a
la generación de valores de uso, en este caso de granos, no a la generación de
valor. Sobre este tema remitimos a las dos primeras secciones del capítulo 1
del tomo 1 de El Capital, o a la Crítica del Programa de Gotha.
[2] 7,7 millones de hectáreas son tierras
ocupadas.