UNA EXPLICACIÓN MARXISTA SOBRE CRISIS CAMBIARIAS Y FINANCIERAS EN PAÍSES SUBDESARROLLADOS
En las últimas dos décadas varios países subdesarrollados sufrieron
crisis cambiarias y financieras, más profundas que las crisis cambiarias de
cualquier país desarrollado y también más profundas que las crisis cambiarias
que caracterizaron a las dinámicas “stop and go” del período de sustitución de
importaciones. Estas crisis se conocen en la literatura como crisis “sudden
stop”, o “detención súbita”, en referencia a la reversión de los flujos de
capitales. Si bien el término “Sudden Stop” lo emplearon por primera vez
Dornbusch et al en 1995, el fenómeno
es anterior a la crisis del Tequila. Se trata de crisis de cuenta de capitales
en el sentido moderno, a diferencia de las crisis que afectaron a los países
subdesarrollados durante la década de 1930. En tanto las crisis de los años
treinta se propagaron desde los países centrales a los periféricos a través de
los vínculos comerciales, y no hubo salidas precipitadas de “dinero caliente”
de los países subdesarrollados, las crisis actuales se producen en el marco de
los movimientos rápidos de los capitales globalizados. En todos los casos
recientes durante la fase alcista del ciclo económico se registraron fuertes
entradas de capitales externos, seguidas de la retirada repentina y fulminante
de las inversiones de cartera y líquidas por pérdida de confianza, acompañada
por devaluaciones de las monedas.
Sobre 15 episodios registrados (no entra la crisis argentina de 2001)
en Calvo (2003), en siete casos las salidas de capital equivalieron al 10%, o
más, del pnb de los países; el punto máximo fue Tailandia 1996-7, con el 26%,
en tanto en Argentina 1994-5 fue el menor, con el 5%. Las últimas crisis en
particular se han caracterizado por una fuerte y brusca contracción de la
producción y la inversión, con el consiguiente aumento de la desocupación y de
la pobreza. En el caso de la crisis asiática, el output no volvió a su pico
anterior a la crisis hasta 2002, y la inversión todavía está un 15% por debajo
de su pico. La tasa anual de crecimiento promedio de Corea, Malasia, Filipinas
y Tailandia pasó del 6,9% entre 1993-I y 1997-I, a –9,7% entre 1997-I y
1998-II; la inversión pasó de un crecimiento anualizado de 9,1% a una baja del
35,9% en los mismos períodos de tiempo. En lo que respecta a la crisis en
América latina (se toman en cuenta Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México,
Perú y Venezuela), la tasa anual de crecimiento pasó del 4,4% entre 1990-I y
1998-II a 0,2% entre 1998-II y 2002-IV; la inversión pasó de una tasa anual de
7,4% a –4,1% en el mismo período [datos Calvo
(2005)]. En Argentina
la caída del PBI en 2001 y 2002 fue del 15%, y la inversión se derrumbó un
30,7% en el mismo período (datos BCRA). Las recuperaciones fueron por otra
parte también fuertes: los países asiáticos mencionados crecieron a una tasa
anual del 5,4% entre 1998-II y 2004-II, en tanto los latinoamericanos crecieron
el 5,4% entre 2002-IV y 2004-III [datos Calvo
(2005)].
En este trabajo presentamos una explicación
basada en la teoría del valor trabajo de las crisis cambiarias y financieras en
los países subdesarrollados. Tratamos el caso de una economía subdesarrollada
pequeña, donde el sector externo representa una parte relativamente baja del pnb
(por ejemplo, el 20%). A pesar de que la participación del sector externo no es
cuantitativamente importante en términos del pnb, se supone que la economía
depende del mercado mundial dada su necesidad de importar tecnología. Hacemos
el supuesto simplificador que el mercado interno no está protegido por
aranceles (no existen o su peso es despreciable), y por lo tanto su situación
con respecto a la competencia internacional depende de la evolución del tipo de
cambio real. Presentamos entonces la relación entre crecimiento y tipo de
cambio, y los problemas financieros vinculados a la forma particular de
desarrollo. Discutimos luego posibles escenarios alternativos de crisis
cambiarias y financieras, basados en la experiencia argentina; y las
condiciones de recuperación de una crisis profunda como la de 2001. Finalmente
planteamos la posibilidad de estudios de otro tipo de crisis en economías
subdesarrolladas en las cuales las exportaciones industriales son impulsoras
del crecimiento, pero el desarrollo tecnológico y productivo es atrasado con
respecto a los países adelantados.
a) Inversión y crecimiento
Comenzamos planteando las características del
crecimiento, que conectaremos con las evoluciones bruscas, y las crisis, del
tipo de cambio. Partimos de lo desarrollado en Astarita (2004) acerca de la
presión estructural –basada en la ley del valor trabajo- sobre los tipos de
cambio de los países subdesarrollados para ubicarse, tendencialmente, en un
nivel por encima del indicado por la paridad del poder de compra con relación a
las monedas de los países desarrollados.[1]
Suponemos, en primer lugar, que la inversión
juega el rol decisivo en el desarrollo económico y en el ciclo. O sea, a
diferencia de los modelos neoclásicos, que toman la tasa de ahorro como el
factor decisivo del desarrollo a largo plazo, en esta concepción –que responde
a la idea de los clásicos y de Marx- lo decisivo es qué parte del ahorro se
invierte productivamente. En este respecto un aumento de la propensión a
invertir, i, (i = I/Y, donde I es inversión e Y es ingreso y/o output) mejora
el crecimiento de la economía a largo plazo.
(1) Ic = Ic(gY), siendo ¶Ic/¶gY > 0
A su vez If es
función de la tasa de ganancia empresaria, pe, de la variación de esta
tasa, pe’, de las perspectivas de crecimiento de la economía, que resumimos en
la variable W, y de una variable x
que se relaciona con la competencia.
pe es la tasa de ganancia
promedio –toma varios períodos- luego de pagar intereses; o sea,
(2) pe = p - r.
pe’es la variación de pe, de período a período, (por ejemplo de trimestre a trimestre; quitando la estacionalidad,
en caso que corresponda). W depende de la evolución del ingreso (y por lo tanto de la demanda) de
largo plazo que se prevé, Y(e), y del desarrollo tecnológico general, l. En símbolos entonces,
(3) If =
If (pe’; pe; W; x)
(4) W = W (Y(e); l)
La justificación económica de (1), (3) y (4) es la siguiente.[2] Con respecto a (1), supone que cuando aumenta la demanda, por ejemplo a la salida de una recesión, los empresarios tienen capacidad ociosa y ajustan el output a la demanda creciente aumentando la contratación de horas de trabajo y comprando materia prima. En cierto sentido recoge el principio de aceleración tradicional; pero no se hace supuesto alguno sobre retardos que puedan estar en la base de los ciclos económicos.
(3) nos dice que a medida que el ciclo se
afianza los empresarios pasan a la inversión en capital fijo para ajustar la
capacidad a la demanda.[3] Para decidir esta inversión tienen en cuenta la evolución de la tasa
de ganancia de trimestre a trimestre. Esta evolución decide las inversiones en
capital fijo que implican períodos de amortización relativamente breves.
Una consideración especial merece l. En cierto sentido recoge la idea de Harrod de la tasa “natural” de
crecimiento, que pone un techo al crecimiento explosivo en el largo plazo. Pero
en tanto la tasa natural de crecimiento de Harrod es igual a la tasa de
crecimiento de la población más la tasa de desarrollo tecnológico, en nuestra
economía subdesarrollada suponemos que no hay restricciones por el lado de la
oferta de mano de obra. Pero por otra parte l presenta una restricción al crecimiento que será mucho más fuerte que
en los modelos harrodianos de economías desarrolladas. Las decisiones de
invertir en la economía subdesarrollada están condicionadas de manera decisiva por las inversiones
en infraestructura productiva, por las posibilidades de importar tecnología y
de obtener los bienes intermedios necesarios. Para ilustrar este
condicionamiento con un ejemplo: en nuestra economía subdesarrollada la decisión
de realizar inversión en plantas petroquímicas, o metalúrgicas, estará
condicionada no sólo por las perspectivas de la demanda futura, y por pe y su evolución, sino también
por las previsiones que hagan los capitalistas acerca de las disponibilidades de
energía y/o materia prima a costos competitivos. l refleja esta constricción sobre las perspectivas de inversión.[4] Además, dado que se
trata de una economía pequeña, siempre estará planteada la posibilidad de
trasladar la decisión de invertir a otro país si no se satisface este
requerimiento.
Se supone por otro lado que
b) Tasa de ganancia y tipo de cambio
Avanzamos
en el estudio de la tasa de ganancia empresaria, pe. Dejamos de lado por ahora la influencia de r, para examinar los
factores que determinan la tasa de ganancia “bruta”. En términos generales la
tasa de ganancia depende positivamente de la participación de los beneficios en
el output y de la productividad, y negativamente de la relación
capital/trabajo. En símbolos:
(5) p = B/K = (B/Y) (Y/L) (L/K)
Siendo B: beneficios; K: capital (constante
fijo); Y: output; L: trabajo.
Aquí se hace la simplificación de contar como
capital no la suma del capital fijo y circulante, sino sólo la inversión en
capital fijo. Se puede considerar que la inversión en capital fijo es la más
decisiva a la hora de calcular la tasa de ganancia.
Dado que se trata de un país subdesarrollado,
donde la productividad por obrero que responde a lo estrictamente tecnológico
es baja con relación a los niveles internacionales,[5] este capitalismo sostiene
en buena medida la tasa de ganancia a través de la intensificación de los
ritmos de producción, una alta relación B/Y y bajos salarios en términos de la
moneda mundial.[6]
La extrema desigualdad en la distribución de los ingresos entre la clase obrera
y la clase capitalista es entonces, hasta cierto punto, una necesidad
“estructural” de la economía. Por otra parte la productividad, y por lo tanto
la rentabilidad, pueden aumentar rápidamente al comienzo de una fase expansiva,
luego de la recesión, por la simple utilización de capacidad ociosa. Esta
variación del ingreso orienta, como dijimos,
(
donde Q es capacidad, de manera que K/Q es la
ratio tecnológica de capital-capacidad e Y/Q es la ratio de utilización de la
capacidad.
Pero además en nuestra economía subdesarrollada la tasa de ganancia de las diferentes ramas estará influenciada por los precios relativos entre los bienes transables (BT) y los bienes no transables (BNT); esto es, por el tipo de cambio real, q (q = EP*/P). Destacamos que la influencia que ejerce el tipo de cambio real sobre la rentabilidad es de una naturaleza cualitativamente distinta a la que ejerce sobre la rentabilidad de los sectores en los países adelantados. Esto sucede porque el tipo de cambio conecta el espacio nacional de valor –con su productividad diferenciada- con el espacio mundial. Dada la menor productividad general de la economía, y la necesidad estructural que de ahí se deriva de un tipo de cambio “competitivo”, esto es, depreciado en términos reales, a fin de que los sectores productores de BT puedan competir con empresas y sectores más desarrollados, se comprende la importancia de las evoluciones de q para la rentabilidad de los sectores, y su crecimiento[7]. Además, debido al carácter dependiente de la economía en lo que hace a equipos de alta tecnología y avanzada, el tipo de cambio influye el costo del capital y su composición tecnológica. Llamando qf a la proporción de capital fijo que se importa:[8]
(6) K = qfK + (1 - qf)K, siendo 0 < qf < 1
(7) ¶qf/¶q < 0
Por lo explicado antes, qf influye en la tasa de desarrollo tecnológico:
(8) l = l(qf)
La influencia del tipo de cambio real,
q, sobre las tasas de ganancia de los sectores productores de bienes transables
y no transables será por lo tanto compleja. En principio, y dada la
modificación de los precios del output, una suba (baja) de q aumenta (baja) la
tasa de ganancia de los sectores productores de bienes transables y baja
(aumenta) la tasa de ganancia de los sectores productores de bienes no
transables. Si designamos con peA
la tasa de ganancia en bienes transables, y con
peB la tasa de ganancia en no
transables, y desde el punto de vista del output, tenemos:
(9)
¶peA /¶q > 0; ¶peB
/¶q < 0
De todas maneras q
ejerce un efecto sobre el volumen y costo de la importación de equipos, y en
este respecto su suba juega un rol negativo sobre la tasa de ganancia de largo
plazo para las empresas que dependen inevitablemente de la importación de
tecnología. Esto implica la posibilidad de desfases temporales importantes y de
efectos de retardo sobre la evolución de la tasa de ganancia, en la medida en
que los equipos se desgastan y hace falta reponerlos, o es necesario avanzar
tecnológicamente para mantener competitivas a las empresas. Esto origina
comportamientos también diferentes de las pe y pe’ en los sectores. Así, por
ejemplo, si se parte de una situación de alta productividad en el sector
productor de bienes transables –por caso, luego de un período de renovación de
equipos favorecida por un tipo de cambio cercano a la paridad de poder de
compra, Eppc – la suba de q implica una alta tasa de ganancia del
sector, por vía de la suba del precio del output, por el bajo costo (en
términos de la moneda mundial) del capital circulante y el bajo costo histórico
(con relación al tipo de cambio tendencial y competitivo, E*) del capital fijo
K. Lógicamente peA’ es positivo y sube la inversión. Pero el costo de reposición de
K es alto en caso de que qf sea alta y no pueda ser comprimida debido al atraso tecnológico
del país. En este último caso l se
frena y tenemos un efecto negativo sobre la peA de largo plazo. Esto explica que
el crecimiento sustentando sobre un tipo de cambio competitivo, E*, tenga
constricciones de mediano y largo plazo. A medida que continúa la producción
los equipos se desgastan, se sobreutiliza capacidad y la competitividad
internacional depende más y más de mantener el tipo de cambio E*.
En definitiva, la tasa
de ganancia de cada uno de los sectores será función del nivel salarial, de la
relación capital/trabajo, de la productividad y del tipo de cambio real.
Dado que la tasa de
ganancia gobierna la inversión fija en los sectores, y la inversión el
crecimiento, se entiende que el crecimiento sea extremadamente desarticulado.
Lo cual repercutirá en el progreso tecnológico general, lo que a su vez
debilitará la tasa de ganancia y las perspectivas de inversión.
c) Inversión extranjera y tasa de ganancia
Las oscilaciones de la tasa de ganancia a su
vez tendrán una influencia sobre las entradas de capitales, tanto en lo que
respecta a las inversiones directas, como a inversiones de cartera ligadas a
sectores productivos (acciones). A diferencia del planteo neo estructuralista,
el superávit en la cuenta de capitales no depende en nuestra explicación única
ni exclusivamente de la tasa de interés.[9] La tasa de interés
influirá en la entrada de capitales destinados a colocaciones bancarias, con
incidencia en el mercado monetario; y en menor medida en la compra de bonos de
empresas. La justificación económica de este planteo es que
Por lo explicado en el punto anterior, la
tasa de rentabilidad de
En las economías capitalistas avanzadas, y a pesar de que siempre hay avances más rápidos en algunos sectores que en otros, se puede considerar que globalmente existe un impulso a un progreso uniforme de todos los sectores. Esta característica está destacada en los esquemas de reproducción de Marx, en los modelos de von Neumann, Leontief, o en Harrod. Sin embargo en nuestra economía subdesarrollada el desarrollo es extremadamente desigual y se combinan e inter actúan entre sí sectores con ritmos de crecimiento muy distintos. Este crecimiento distorsionado obedece en lo esencial a la forma en que se inserta la economía dependiente en el mercado mundial y a las tasas de ganancia diferenciales que afectan a los sectores de bienes transables y no transables, según se resuelva esa inserción. Por eso no tomamos en cuenta la diferencia clásica –de Marx- entre sector productor de bienes de producción y sector productor de bienes de consumo, sino la diferencia entre producción de BT y BNT, y la incidencia de la tecnología y equipos importados en estos sectores. La economía de nuestro país subdesarrollado tiene empresas en los dos sectores I y II planteados por Marx, pero lo importante es cómo se insertan empresas de ambos sectores en el espacio mundial. A su vez, tasas de ganancia diferentes entre los sectores de producción de bienes transables y no transables dan lugar a desarrollos desarticulados y desproporcionados de los sectores. Por eso aun en períodos en que la economía está en auge, con crecimiento del ingreso y la inversión, ramas enteras de la economía (ligadas ora al sector de BT, ora a BNT) pueden estar languideciendo o incluso en crisis. Esto es, cuando se sale de una recesión alguno de los sectores puede experimentar un fuerte aumento de la demanda, que satisface subiendo la ratio de utilización (en tanto el otro sector no se recupera; o lo hace más lentamente). A medida que avanza la recuperación y se llega a la plena utilización de la capacidad, se impone aumentar la capacidad, esto es, invertir en equipos durables y posiblemente en nuevas plantas. Pero dadas las incertidumbres acerca de la permanencia de los precios relativos, los costos de importar tecnología (si predomina E*) y las perspectivas generales de la economía (que incluyen l), o las restricciones crecientes que se advierten en la balanza de pagos (si predomina Eppc), las inversiones de largo aliento pueden postergarse o no realizarse.
Destaquemos
que al contrario de lo que plantea el enfoque post keynesiano de crecimiento de
Thirwall, donde la tasa de crecimiento del país subdesarrollado depende
exclusivamente de la elasticidad ingreso de las exportaciones, y el tipo de
cambio real es neutro en el largo plazo, en nuestro planteo el tipo de cambio
ejerce una influencia dominante, ya que
expresa las condiciones de inserción de la economía subdesarrollada (baja
tecnología) en la economía mundial. En otras palabras, el problema no es
sólo ni principalmente de demanda, sino de tasas de inversión productiva –y en
especial en desarrollo tecnológico- por parte del capital del país atrasado; y
de un desarrollo desigual y combinado, muy diferente del desarrollo
“proporcionado” que se refleja en los esquemas de reproducción de Marx.[11]
Este desarrollo distorsionado afecta a la
productividad de conjunto de la economía.
e) Consumo y ahorro
La alta participación de los beneficios en el
ingreso explica además por qué el segundo factor dinámico en el ciclo económico
es el consumo en bienes durables – incluida
la construcción residencial- de la clase capitalista y de los sectores
medios altos. Dado que este tipo de consumo es postergable - no hay necesidad
de cambiar el coche o de casa todos los años- y dado que el ingreso está
altamente concentrado, la decisión de
consumo de estos sectores tiene una fuerte incidencia en el ciclo. O sea, a
diferencia de una economía desarrollada “normal”, donde se puede considerar al
consumo simplemente una función del ingreso (y principalmente de los salarios),
el consumo de los sectores pudientes, que tiene una gran incidencia en el
mercado interno, será función de las rentas capitalista, R, consideradas en un
sentido amplio;[12]
y de las variaciones del stock de ahorro, S. Si llamamos Cc el consumo de la clase capitalista, tenemos:
(10) Cc
= Cc(R; S) siendo ¶Cc/¶R > 0; ¶Cc/¶S < 0
En cuanto a su composición, Cc se divide en bienes de consumo no transables (NT) y bienes transables (T) nacionales y extranjeros; si establecemos que qc indica la proporción de bienes de consumo transables extranjeros, con respecto al total de bienes de bienes transables consumidos, tenemos:
(11) Cc = NT + qcT + (1 - qc)T; siendo 0 < q c<1
A su vez qc es función inversa del tipo de cambio real, q:
(12) qc = qc(q); dqc/dq < 0
El consumo de la clase capitalista tiene así una fuerte incidencia sobre el ciclo; y el consumo capitalista de bienes importados depende del tipo de cambio real. En períodos de tipo de cambio a nivel Eppc, o cercano, este consumo capitalista ejercerá una gran influencia sobre la balanza comercial, y más en general sobre la cuenta corriente (por ejemplo, salidas por turismo).
Con respecto al ahorro, éste es plusvalía y
está en manos de los capitalistas. Además el ahorro no es un mero “flujo” que
invariablemente desemboca en la inversión (teoría neoclásica de los fondos
prestables, planteo de los “manuales”), sino puede estar compuesto de
atesoramiento, sea en la forma de moneda local, o en forma de activos
financieros extranjeros, AF* (incluyendo moneda extranjera). Si el ahorro va a
la compra de activos financieros locales, aumenta la inversión. Pero si el
ahorro se congela en forma de moneda local, o va a AF*, la inversión baja.
Subrayamos que desde el punto de vista macroeconómico lo que importa es la existencia de liquidez en forma de stock que no es
lanzada al circuito productivo. Es ésta una visión bastante distinta de la
que se presenta por lo general en los textos convencionales, donde el aumento
de la demanda de dinero invariablemente se considera como un aumento de los
encajes monetarios en manos del público, que lleva al aumento de la tasa de
interés (si no se modifica la oferta monetaria, que se considera exógena). Es
que en los sistemas monetarios modernos el aumento de las tenencias monetarias
por parte del público representa aumento de los depósitos; por lo tanto implica
aumento de las reservas excedentes de los bancos y mayor capacidad prestable de
éstos. En condiciones normales de ciclo económico por lo tanto un aumento de
los encajes monetarios –para seguir con el ejemplo de “manual”, supongamos que
debido a una baja de la tasa de interés y una venta de bonos por parte de
tenedores- puede traducirse en un incremento del crédito bancario. Las empresas
bajan la proporción de financiamiento con bonos y suben la proporción de
financiamiento bancario. La situación desde el punto de vista macroeconómico no
presenta cambios sustanciales. En cambio si el aumento de los encajes
monetarios por parte del público es acompañado por un aumento de la preferencia
por la liquidez de los bancos –ante incertidumbre restringen el crédito y
aumentan los coeficientes de liquidez- tenemos entonces un fenómeno de
atesoramiento, con repercusiones negativas sobre la demanda agregada. Este
corrimiento hacia la liquidez en los países subdesarrollados va acompañado de
un crecimiento del atesoramiento en AF* por parte de bancos, empresas y la
clase alta y las capas medias de la población.
Dejamos apuntado también que la idea de
considerar al ahorro como stock plantea por otra parte importantes problemas
que por lo general también son despreciados en la teoría usual, relacionados
con la valoración del ahorro, ya que se trata de activos financieros. En
nuestro planteo consideramos al ahorro medido a valores de mercado, no a costo
histórico (o sea, al precio de compra del activo). La justificación económica
es que el propietario del ahorro valora sus tenencias –y toma decisiones-
teniendo en cuenta el valor actual de las mismas. Esto implica, como aclara
Pollin (2002), que el ahorro variará con las variaciones de los precios de los
activos, y que no podrá considerarse –como hacen los “manuales”- como un
residuo del ingreso una vez efectuado el consumo. Por otra parte, el considerar
al ahorro como stock tiene la consecuencia de que las decisiones de des-
ahorrar (por ejemplo para aumentar consumo postergado de bienes durables), o
ahorrar ejercen una fuerte influencia en las variaciones del consumo y la
inversión, y por lo tanto del ingreso.[13] Debido a que buena parte
del ahorro se efectúa en AF*, las decisiones de aumentar el ahorro en contextos
de incertidumbre ejercen una nueva constricción sobre la balanza de pagos. Dada
por otra parte la incidencia de los cambios de q –y de las crisis- sobre los
precios de los activos financieros, se comprenderá que las variaciones del
ahorro pueden tener efectos amplificados sobre la economía en general. Por
último, tanto el peso del consumo capitalista, como del ahorro en activos
financieros, actúan en detrimento de la inversión productiva, debilitando l y aumentando las distorsiones del crecimiento.
Aunque no podemos
desarrollar en este breve espacio la justificación económica, señalamos que a
diferencia de los modelos convencionales, donde la tasa de interés se hace
depender de las curvas de oferta y demanda monetaria, siendo la primera
exógena, aquí se considera que la tasa de interés depende en lo esencial del
ciclo capitalista, esto es, de la plasticidad con que se estén haciendo los
negocios y la facilidad que tengan entonces los bancos para renovar los
créditos a las empresas. La política monetaria puede incidir sobre esta
situación, pero no puede alterarla de
fondo. Por ejemplo inyecciones de liquidez y/o bajas de la tasa de
descuento del Banco Central pueden aliviar la situación en la plaza monetaria.
Sin embargo para las empresas lo decisivo son los spreads por sobre la tasa de referencia que deben pagar para
hacerse de fondos. Si no hay confianza en la capacidad de repago de las
empresas esos spreads suben.[14]
Esto sucede cuando los bancos, y los prestamistas en general, comienzan a
advertir que el repago de las empresas se hace más lento. En la base del asunto
están las crecientes dificultades para que siga operando con facilidad la
metamorfosis del capital mercancía en dinero, y con ello la renovación del
ciclo del capital.
Por
lo tanto consideramos que r es función de la velocidad de rotación del capital j, y de la tasa de referencia del Banco
Central, rBC, que tomamos como expresión de la política monetaria. En símbolos:
(13) r = r (j; rBC) siendo ¶r/¶j < 0; ¶r/¶ rBC > 0
La
tasa de referencia a su vez se correlaciona positivamente con la demanda de
reservas en poder del Banco Central. Una presión sobre las reservas lleva a un
aumento de la tasa de referencia, y por lo tanto de r.
En
cuanto a la incidencia del crédito sobre la inversión, y a diferencia de los
planteos usuales, suponemos que no es decisiva en lo que respecta a If.
La inversión en equipos y plantas de las empresas se realiza con el flujo de
caja propio y parcialmente recurriendo a los mercados de capitales. En cambio
el crédito bancario –y en general el mercado monetario- juega un rol importante
en Ic así como en Cc (bienes durables como
automóvil y construcción residencial). Además este crédito bancario cobra
importancia creciente a medida que se avanza en un ciclo alcista (a la salida
de una depresión las empresas se financian fácilmente con su flujo de caja; el
consumo capitalista con desatesoramiento).
Por
lo tanto cuando progresa la fase alcista del ciclo el crédito ayuda a su
impulso y lo amplifica; crecen los agregados monetarios y los sectores que
experimentan crecimiento renuevan y amplían su capital de trabajo. La rotación
del capital es fluida, j es alta, la tasa de
referencia es baja y r también es baja.[15]
Debido
a la naturaleza del capital circulante la deuda de las empresas con los bancos
es esencialmente de corto plazo. En el auge el crédito ayuda a las empresas a
continuar con la producción. Pero los stocks de mercancías sin vender empiezan
a aumentar; crece la ratio deuda/capital propio, y en especial el peso de la
deuda de corto plazo. Si el aumento de la desconfianza lleva a aumentar el
ahorro en AF*, habrá alza de rBC elevando aún más r. Este aumento de r ejerce
entonces una punción negativa sobre la
tasa de ganancia empresaria, ya de por sí debilitadas. p’e y pe
caen (los
balances que ingresan en
Progresivamente
se pasa así a una situación especulativa y luego a una situación Ponzi, para
utilizar la terminología de Minsky.[16]
Ante la incertidumbre aumenta la preferencia por la liquidez en el sentido que
lo planteaba Keynes; se trata también del fenómeno de “atesoramiento” del que
habla Marx, y a partir del cual desarrolla su crítica a la ley de Say. Sube
entonces la demanda de dinero con motivos precautorios y/o especulativos;[17]
en la economía subdesarrollada esta corrida hacia la liquidez se manifiesta en el aumento de la demanda de
divisas. La preferencia por la liquidez puede estar sobredeterminada por la
incertidumbre que generan en los inversores la acumulación de déficits
fiscales, en cuenta corriente, y el crecimiento de la deuda nominada en moneda
extranjera. Están dadas entonces las condiciones para que se desarrolle una
crisis cambiaria y financiera en el sentido Minsky. Esto es, en el marco del
endeudamiento creciente los prestamistas desconfían del apalancamiento
creciente de las empresas, los bancos se hacen adversos al riesgo y disminuyen
drásticamente sus préstamos, afectando los ingresos y la demanda agregada, y
suben las tasas. Las empresas venden activos y se hunden los precios de los
títulos financieros, aumentando el peso de las deudas.[18]
Pero
a diferencia de las explicaciones Minsky, en nuestro desarrollo lo financiero no es el origen de la crisis,
sino el medio por el cual se amplifica.[19]
Obsérvese que si el Banco Central no responde a la creciente demanda de divisas
aumentando la tasa de interés r, o bien las reservas bajan aún más rápidamente,
o bien el tipo de cambio sigue subiendo, conduciendo de todas maneras a la
crisis. Por otra parte lo financiero también amplifica y actúa como cadena de
transmisión de las crisis en el plano internacional (ver infra).
g) La
restricción externa
Planteamos,
por último, las habituales identidades
macroeconómicas incorporando la hipótesis que existe deuda externa y se remiten
utilidades al exterior
(14) (Sf + Sp) – (I + G) =
PX – EP*M – (r* + prima) EDx – EB* = Kx – Km[20]
Siendo
Sf: ahorro fiscal; Sp: ahorro privado; I: inversión; G:
gasto público; r*: tasa de interés de referencia internacional; E: tipo de
cambio; Dx: deuda externa B*: utilidades que se remesan al exterior;
Kx: salida de capitales y Km: entrada de capitales.
En buena parte de la literatura coexisten dos
ópticas casi diametralmente opuestas sobre la relación entre los causales
internos o externos de las crisis. Por un lado, están aquellos que atribuyen la
crisis a problemas de las economías nacionales, en especial a malos gobiernos o
vulnerabilidades financieras. Por otra parte encontramos a quienes consideran
que muchas crisis se explican casi exclusivamente por factores externos, en
particular por los desequilibrios de los mercados financieros globalizados.
En el enfoque que adoptamos en este trabajo,
las crisis se explican a partir de las contradicciones específicas de esas
economías y la forma en que las mismas se relacionan con la totalidad que
constituye el mercado mundial. Esas contradicciones (que anclan en las
cuestiones de productividad) determinan cómo y por qué algunas economías
sufrirán de pleno las ondas expansivas desatadas por crisis en otros lugares
del planeta. A su vez estas nuevas crisis repercutirán en otras economías, en
mayor o menor grado, según su situación. Por caso, todo parece indicar que,
como lo plantean Calvo y Talvi (2005), que la crisis que sacudió a los mercados
financieros internacionales luego del default ruso tuvo un rol determinante en
la reversión de los flujos de capitales de los principales países de América
latina, en las caídas de estas economías y la crisis financiera de Argentina.
Pero en esta explicación los factores internos apenas tienen un rol; en todo
caso son meros amplificadores del movimiento externo. Así, Calvo y Talvi
afirman que Chile sufrió un shock macroeconómico, a pesar de que sus variables
fundamentales (al contrario de lo que sucedía en Argentina) estaban sanas en lo
esencial. Sin embargo no se entiende por qué Chile sufre ese shock, y no lo
hacen las economías desarrolladas.[21] Insistimos en que hay que
abordar la cuestión teniendo en cuenta la relación estructural –la producción
de valor y su realización en mercado mundial- que vincula los espacios
nacionales con la totalidad el mercado mundial. Es a través de esa relación que
opera el sistema financiero internacional.
Cabe decir, además, que la diferencia entre
“lo interno” y lo “externo” es, hasta cierto punto, arbitraria, porque no hay
una crisis que sea propiamente “externa” al capitalismo mundial; toda crisis se
difunde de manera endógena al organismo, si bien puede no afectarlo en su
totalidad. Por ejemplo, la crisis mundial de sobreproducción (de los noventa)
en los mercados de electrónicos, no fue, en el sentido propio de término,
“externa” a las economías de los países asiáticos, en la medida en que esos
países constituyen una parte integral de ese mercado y contribuyeron
activamente a que se arribara a la sobreproducción.
A partir de lo anterior
desarrollamos varios escenarios alternativos.
a) Tipo
de cambio competitivo, E*
En
lo que sigue, y por lo explicado antes, distinguimos el sector productor de
bienes transables, A, y el sector productor de bienes no transables, B. Los
subíndices A y B entonces se refieren respectivamente a estos sectores.
Con
tipo de cambio real alto, peA y peA’ son elevadas, dado el
cambio relativo de los precios del output; y suponiendo que no existen
necesidades inmediatas de importar K. Lógicamente gYA también es elevada; IcA
se eleva rápidamente en la primera fase del ciclo alcista por (1), y
luego lo hace IfA por (3), en tanto se mantengan las perspectivas de
ganancia y E*, aunque qfA se mantiene baja,
repercutiendo negativamente en el desarrollo tecnológico l.
En
el sector B peB y gYB son bajas y por lo tanto es
débil la inversión en el sector de conjunto; qfB se mantiene incluso más
baja que en el sector A.
Por
otra parte Cc no pone presión sobre la balanza comercial, por (11)
y (12), y la tasa de financiamiento se mantiene baja para las empresas del
sector A, y parcialmente para el sector B en tanto la tasa de referencia es
baja. Dadas las diferencias entre gYA y gYB, el
crecimiento es distorsionado y esta distorsión también afecta l.
Veamos
dos escenario de crecimiento con E*.
El
primer escenario es el de suba paulatina de los precios de los bienes no
transables, en la medida en que aumenta la absorción interna. Si el movimiento
obrero tiene capacidad de resistencia (por ejemplo en el marco de una baja tasa
de desocupación) también suben los salarios. La suba de los precios de los no
transables recompone peB en tanto la suba de los
salarios reduce la p general, por (5). La moneda
en términos reales se aprecia, ejerciendo presión sobre las ganancias de los
productores de bienes transables, y la dinámica de las exportaciones. Si la
situación se prolonga pueden aparecer déficits en la balanza comercial. Una
forma de aliviar la constricción externa es tomando deuda en los mercados
internacionales. El crecimiento de la deuda externa es un producto de la debilidad relativa de la economía, no su causa.
De
todas maneras la forma de recuperar la capacidad de captación de divisas
“genuinas” es mejorando la balanza comercial. Dado el atraso tecnológico, la
salida es intentar nuevas devaluaciones que conducen a nuevas alzas de precios
internos y salarios. Se desemboca así en una dinámica inflacionaria, que
empeora las perspectivas generales de la economía. La inestabilidad de los
precios relativos afecta las evoluciones de peA y peB, aumenta la incertidumbre
del capital y debilita por lo tanto la inversión de largo plazo - ecuaciones
(3) y (4). La importación de tecnología es baja, y la
competitividad de las exportaciones se logra con salarios permanentemente
devaluados en términos de la moneda mundial – ecuaciones (6) a (8). Cada salto en la
depreciación de la moneda impulsa la inflación, y ésta a
su vez obliga a nuevas devaluaciones.[22]
Comienza entonces a crecer la demanda de
divisas en tanto se prevén nuevas y cada vez más rápidas devaluaciones. Aumenta
el ahorro en AF*, debilitando más la inversión. Si el Banco Central responde a
la pérdida de reservas con la suba de rBC
aumenta la presión financiera de las empresas y crece el incentivo para colocar
ahorros en AF. El ahorro deja de fluir por lo tanto a la inversión, ya que se
divide en AF* y AF (estas colocaciones a una tasa de interés creciente). Los
activos de los bancos se componen de forma creciente de AF estatales, que
rinden altos intereses, y no de préstamos al sector privado. Las devaluaciones
aumentan el peso de la deuda tomada en moneda extranjera, poniendo más presión
en el sector externo.
Por otra parte si la lucha de clases obliga a
conceder repetidos aumentos salariales que recuperan parte del terreno perdido
en cada “ronda”, la espiral inflacionaria se agudiza. La misma se convierte en el reflejo monetario de la
agudización de la lucha de clases por la resistencia de los obreros a la
desvalorización de su fuerza de trabajo. El aumento de precios adquiere una
velocidad inercial (los precios aumentan en el período t + 1 porque aumentaron
en el período t) y la economía se indexa. A diferencia de los que plantean los
modelos neoclásicos “de manual”, que la inflación favorece la inversión porque
la tasa de interés real se hace negativa, en un mercado financiero indexado la inflación acelerada aumenta la tasa de
interés real.[23] Esto genera –por (2)-
nuevas presiones negativas sobre la tasa de ganancia empresaria
La moneda nacional progresivamente deja de
actuar como medida y reserva de valor. La recaudación fiscal baja (en términos
nominales y posiblemente en términos reales). El gobierno tiene dos opciones: o
bien monetiza el déficit, lo que lleva a más presión inflacionaria y por ende a
mayor presión sobre el mercado cambiario, intensificando las devaluaciones
crónicas. O bien busca colocar deuda a tasas crecientes, que son aprovechadas
por capitales altamente especulativos, de corto plazo. Para garantizar la
entrada de estos capitales el gobierno puede intentar diversos mecanismos
financieros que actúan como seguros de cambio; por ejemplo, el Banco Central
garantiza operaciones swaps para
capitales externos de corto plazo. En cualquier caso, la tasa de interés
interna debe ser superior a la tasa internacional; es la única forma de que
Tesorería puede colocar bonos. Esto refuerza la necesidad de indexar la tasa de
interés.
La tasa de interés cada vez más alta acentúa
la caída de la inversión y del consumo. La contracción de la demanda y la
recesión afectan al sistema bancario. Para no dejar caer a los bancos el Banco
Central inyecta liquidez e interviene devolviendo depósitos a los ahorristas
cuando los bancos caen en la insolvencia (no pueden recuperar los créditos
debido a la crisis general) y deben ser liquidados. La base monetaria crece,
sin que aumenten los agregados monetarios (M2 y M3 pueden estancarse o incluso
decrecer) ni los créditos; la economía se “desmonetiza” a la par que se
inyectan enormes sumas de dinero. La liquidación de bancos impulsa la
concentración en el sector financiero; la crisis genera concentración del
capital en el aparato productivo y comercial.
En una situación de pérdida constante y
creciente del valor de la moneda, la ley
del valor sencillamente no puede funcionar. No hay forma de comparar los
tiempos de trabajo en el mercado. La situación desemboca hiperinflación; la
economía prácticamente se detiene. La crisis financiera se generaliza, en tanto
la crisis cambiaria se ha hecho “crónica”, en el sentido que no existe un
“salto” del valor de la moneda, sino un movimiento de su valor en espiral
descendente.
Un segundo escenario posible con tipo de
cambio competitivo es el de contención de las presiones inflacionarias –puede
explicarse por la recesión y alta desocupación- de manera que se mantiene alta
la rentabilidad de los sectores transables y baja la de sectores no transables.
En tanto estos últimos provean infraestructura esencial para el funcionamiento
de la economía de conjunto, la competitividad del sector transable tenderá a
deteriorarse progresivamente en la medida en que no crezca
Por lo tanto ahora la constricción a mediano plazo para el desarrollo aparece por el
lado de l. La inversión en la producción de insumos esenciales se hace más
lenta, o cae, y se generan cuellos de botella que pesan de manera creciente a
medida que progresa el ciclo. Por otra parte, si la falta de inversiones en
sectores productores de bienes intermedios básicos no transables termina
llevando al aumento de los precios, se producirá ahora una mejora de la rentabilidad
de estos sectores, a costa de una apreciación en términos reales de la moneda.
El capital puede intentar responder a esta situación aumentando la
precarización del trabajo y los ritmos de producción, y modernizando
parcialmente la tecnología en los sectores que estén más favorecidos por las
exportaciones. Las tensiones entre los sectores del capital por mantener la
rentabilidad media (por lo menos) intentan
resolverse invariablemente con el aumento de la tasa de plusvalía.
El resultado es entonces la consolidación de una alta tasa de explotación del trabajo. Es la
base para un p alto. Se produce así, de hecho, el “ajuste basado en el crecimiento
exportador” al que se han referido los neo-estructuralistas.[24] En lo esencial se reduce
a aumentar la tasa de ahorro interno, a fin de aumentar la proporción de
exportaciones/ingreso. Lo cual sólo es posible “a través del mecanismo de
ahorro forzoso inducido por una sustancial
redistribución regresiva del ingreso”.[25] El ahorro aumenta porque
aumenta la extracción de plusvalía; esto exige que los salarios crezcan a un
ritmo inferior al de la productividad.[26] La transferencia de
recursos al exterior se efectúa en términos “reales”. El crecimiento se
sostiene a costa de un deterioro permanente de los términos de intercambio,
salarios bajos en términos de moneda internacional. Las inversiones son
parciales y el crecimiento sigue caracterizándose por la falta de integración
entre los sectores. Pero el estrangulamiento se hace sentir a través del
creciente retraso tecnológico con respecto a los niveles internacionales; la
pérdida de competitividad finalmente se traduce en déficit en la balanza de
cuenta corriente –esencialmente por pérdida de dinamismo de las exportaciones-
que lleva a la fragilidad financiera y la crisis. En un contexto internacional
de competencia por medio del cambio tecnológico, la competitividad sostenida
exclusivamente en bajos salarios encuentra techos insalvables.
b) Tipo de cambio EPPC (o cercano)
Supongamos ahora el escenario de tipo de
cambio fijo, con el que se busca anclar la inflación. La perspectiva puede ser
ya no sólo de un descenso del ritmo de crecimiento del tipo de cambio E, sino
un tipo de cambio esperado, E(e), menor.
peB aumenta y por lo tanto gyB también
sube; lo inverso sucede en el sector de transables donde sólo las empresas de
mayor tecnología –que ahora pueden importar equipos en mejores condiciones- o
sectores que conserven ventajas naturales con respecto a otros competidores
externos pueden sobrevivir. Dada la estabilización, sectores que habían
ahorrado en AF* los vuelcan al mercado interno –ecuación (10); aumenta Cc con lo que se impulsa una fase alcista del ciclo. Aumenta la
construcción residencial y la producción de bienes duraderos. Es un ciclo impulsado en buena medida por el
consumo,
Además, en la medida en que la fijación de E
se realiza luego de un proceso inflacionario, se produce un aumento inercial de
los precios internos que deja el tipo de cambio real apreciado; se establece Eppc. Esto agrava la presión competitiva sobre el sector de bienes
transables. Los sectores que pueden sobrevivir renuevan la tecnología
recurriendo principalmente a la importación. Esto explica que a pesar del
crecimiento económico ramas enteras –por ejemplo productores de equipos y
máquinas- trabajen con capacidad ociosa, o a pérdida y deban cerrar.
Por otra parte la entrada de capitales con
destino a los sectores favorecidos por el tipo de cambio agrava el
desequilibrio y genera problemas de transferencias de utilidades a largo plazo.
La contrapartida de este superávit en la cuenta de capitales es el creciente
déficit en la cuenta corriente. Dada la debilidad de amplios sectores y las
distorsiones en el crecimiento, la inversión en plantas e infraestructura
productiva, o en investigación y desarrollo de largo plazo no es suficiente
para cambiar cualitativamente el nivel tecnológico (esto es, para poner al país
en el sendero de alcanzar los niveles de productividad de los países
desarrollados). La productividad crece, pero
a costa de crecientes desequilibrios en el sector externo, que termina actuando
como una constricción fundamental.
El desequilibrio externo se agudiza por el aumento del consumo en bienes importados, por (11) y (12).
Las tasas de interés se mantienen más altas
que las internacionales; es una consecuencia de la inestabilidad histórica del
país subdesarrollado y de las debilidades estructurales de su economía. A igualdad de rendimientos ningún capital
dinerario opta por el país atrasado frente a la seguridad que brindan los
países desarrollados. Dadas las perspectivas de tipo de cambio estable
durante un período previsible, aumentan los flujos de capitales líquidos para
colocarse entonces en tasas superiores a las internacionales. La inestabilidad
estructural de la economía también induce al sistema bancario a mantener mayor
encaje líquido que en los países adelantados, y a establecer mayores spreads, a fin de protegerse frente a
posibles descalces entre sus activos y pasivos. Todo esto puede ir acompañado
de maniobras y colusiones de tipo monopólico de los diversos sectores, incluido
el financiero, para asegurar una rentabilidad alta. Pero por encima de estas
maniobras –que realiza todo capital, sea productivo o mercantil, cuando tiene
oportunidad- lo que prima es una lógica
financiera propia del país subdesarrollado.
En cuanto a las empresas grandes, con acceso
al crédito internacional, crece la tentación de endeudarse en dólares si prevén
un horizonte de estabilidad cambiaria a mediano plazo y de mercado interno más
o menos cautivo o protegido. En todo caso, tendrán que endeudarse si quieren
renovarse tecnológicamente. El acceso al crédito internacional les otorga una
ventaja con relación a las empresas más pequeñas, lo que potencia la
centralización del capital.
A medida que continúa el crecimiento con Eppc la balanza de cuenta corriente es cada vez más deficitaria. Es
financiada por la entrada de capitales, sea por inversión directa (en especial
en el período posterior al arranque del ciclo alcista), de cartera y préstamos
bancarios. Pero por otra parte la debilidad estructural de la recuperación
económica explica que continúe un “goteo” de fuga de capital nativo.
Paulatinamente también cobra importancia la remesa de utilidades de las
empresas que han invertido con vistas a la producción en el sector no
transables. El tipo de cambio permite
realizar esa transferencia en condiciones óptimas, ya que el equivalente valor
del espacio nacional está sobrevaluado con respecto al espacio mundial y las
condiciones estructurales de la economía.
A su vez la revalorización de la moneda lleva
a que los salarios se revaloricen también en términos de la moneda
internacional. En estas condiciones la clase dominante intentará aumentar la
tasa de ganancia vía intensificación de los ritmos de producción, caída de los
beneficios sociales, precarización de las condiciones laborales y baja nominal
del salario –por (5). El resultado de estos intentos dependerá en última
instancia de la capacidad de resistencia del movimiento obrero.
Paulatinamente aumenta el déficit acumulado
de la cuenta corriente y el peso de la deuda externa se hace sentir sobre las
cuentas fiscales y la balanza de pagos. El déficit externo es una restricción
insalvable. El déficit de la cuenta corriente exige ser corregido; en última
instancia es un reflejo de que la
inserción de la economía en el mercado mundial no ha sido exitosa, a pesar de
la renovación parcial de equipos e infraestructura que han permitido la mejora
de los términos de intercambio y la entrada de capitales. Un camino para
mejorar la competitividad sin tocar el
tipo de cambio nominal es la deflación. Pero la deflación no sólo es
dificultosa por lo que implica con relación a la lucha de clases, sino también
porque la espiral deflacionaria lleva a la preferencia por mantenerse líquido;
esto es, induce a postergar las inversiones y el consumo de bienes durables, a
la espera que la caída de precios toque fondo. Además aumenta el peso de las
deudas.[27]
En estas condiciones la economía es pasible
de sufrir profundamente cualquier shock externo. Por ejemplo, la suba de las
tasas de interés en los países centrales; o la devaluación de la moneda de un
socio comercial importante puede desatar un terremoto interno. A diferencia de
los modelos neoclásicos, este shock no actúa sobre una economía en estado de
“equilibrios múltiples”, sino profundamente desequilibrada y atravesada por
contradicciones sociales.[28]
En la medida en que la situación externa
empeora se incrementa la desconfianza en la evolución de la economía. Primero
los inversores –en especial los managers de carteras- comienzan a exigir tasas
cada vez más altas para mantener sus colocaciones en moneda local, en activos
de empresas locales, o en títulos públicos. La suba de las tasas se acompaña de
la caída de los precios en la bolsa de valores. El flujo de entrada de
capitales se detiene y/o revierte. En este contexto la alta y mediana burguesía
posterga el consumo, lo que influye rápidamente en el ingreso. El ahorro de
estos sectores aumenta y se vuelca a AF*. La caída de la demanda interna afecta
al sector productor de BNT; gyB y peB’ caen rápidamente, bajando por lo tanto Ic e If en el sector. Dado que los BNT
eran principales impulsores del ciclo, el mismo se revierte rápidamente. Los
bancos restringen el crédito y suben las tasas. Ahora las empresas contraen
deudas para financiar los stocks crecientes de mercancías sin vender, y lo
hacen a tasas crecientes. La suba de la tasa de interés se generaliza; suben
los spreads entre tasas activas y
pasivas domésticas y los spreads
entre las tasas de referencia internacionales y las que se cobran en el mercado
de dinero y de bonos. Esto agrava el peso de la deuda pública y privada y
potencia la desconfianza. En la medida en que sube el déficit y aumenta el peso
de las deudas se cierra el acceso al crédito internacional. El mercado
accionario se hunde, contribuyendo al clima de pesimismo general. También los
precios inmobiliarios retroceden, poniendo presión en el sector financiero que
empieza a advertir que no recuperará muchos créditos. Se acelera la salida de
capitales, incluyendo el retiro de depósitos. El gobierno intenta frenar el
proceso aumentando la tasa de interés; en tanto la provisión de liquidez al
sistema bancario está limitada por la necesidad de mantener el tipo de cambio
fijo. Pasamos a una situación Ponzi. Los balances de los bancos se deterioran.
La producción y el consumo siguen en espiral descendente. El ataque especulativo
contra la moneda puede desatarse antes de que el Banco Central agote sus
reservas. En este punto ocurre en parte la historia de Krugman (1979), pero no
hay previsión perfecta ni mercados eficientes, sino incertidumbre y
comportamientos “en manada” y salida de capitales, incluido el retiro
precipitado de depósitos bancarios.[29] La devaluación finalmente
se hace inevitable, en medio de una profunda y violenta contracción económica y
hundimiento financiero.
Hipótesis sobre crisis cambiarias y financieras con crecimiento liderado por las exportaciones
Dejamos planteado en este punto una hipótesis
de investigación de las crisis en países donde la industria manufacturera
exportadora juega un rol central como locomotora del resto de la economía, y
existe un alto ratio de inversión productiva/pnb. Sin embargo la productividad
es atrasada con respecto a los niveles internacionales, en particular porque la
inversión en bienes no transables se mantiene débil (de nuevo, esto genera
distorsiones en la economía) y repercute en la productividad global.[30] Esto es, la inversión de
capital por obrero es alta, pero no se achica de manera significativa la brecha
tecnológica con los países.
De acuerdo a la secuencia que plantea Palma
(2000) para las crisis asiáticas podemos plantear entonces el siguiente
escenario: entrada masiva de capitales, lo que provoca una explosión de crédito
al sector privado, con bajas tasas de interés; el crédito a su vez se utiliza
para mantener altos niveles de inversión, en una situación de rentabilidad en
baja; esto en el contexto de rápido cambio tecnológico, donde sobrevivirían las
empresas con tecnología más avanzada; y con los precios de los productos de
exportación vitales para las industrias de estos países en baja. Esta situación
termina produciendo altas ratios de deuda empresaria/capital. Aquí no existe,
previo al estallido de la crisis, una revaluación particular de las monedas,[31] ni hay boom de consumo
alimentado por el crédito. Pero desde el punto de vista del desarrollo de largo
plazo, y como también señala Palma, se puede observar que estos países estaban
llegando a un estadio en sus procesos de desarrollo donde cada vez se hacía más
dificultoso una mayor elevación hacia productos de mayor valor agregado de las
exportaciones (para esto se necesita dar un salto tecnológico cualitativo,
véase nota 29), al tiempo que China se estaba convirtiendo en un competidor
formidable.
¿Cómo se puede explicar esta dinámica hacia
la crisis desde el punto de la teoría del valor trabajo? Obsérvese que, en
apariencia, hay aquí un comportamiento “irracional” de los capitalistas, ya que
los empresarios siguen pidiendo préstamos en un contexto de presiones bajistas
de precios en los mercados internacionales, y los bancos siguen otorgando los
préstamos hasta que la situación estalla. De ahí las variaciones teóricas
neoclásicas sobre el “riesgo moral” y similares.
Sin embargo la cuestión puede explicarse
desde el punto de vista de la lógica de la acumulación y la competencia entre
los capitales, a través de las guerras de precios, que se han venido
desarrollando con particular intensidad en los últimos años. Desatada una
guerra de precios, y a pesar de contar con capacidad ociosa, muchas veces las
empresas se ven obligadas a seguir invirtiendo en tecnología si quieren tener
esperanzas de sobrevivir. Con lo cual se refuerza el exceso de oferta y se
renuevan las presiones bajistas de los precios. De esta manera se puede dar,
durante el tiempo que precede al estallido de la burbuja, que aún con una tasa
de ganancia en baja la inversión en equipos sigue aumentando. Esto, junto al
aumento de inventarios, lleva a que los empresarios pidan créditos para
mantener la rotación de sus capitales. No hacerlo implica admitir la derrota en
la competencia y la desvalorización de los capitales involucrados; para los
bancos no renovar los créditos puede significar no recuperarlos. Todo
capitalista busca salvarse en la guerra desatada –aunque sabe que no todos
podrán lograrlo- y de esta manera se camina hacia la sobreproducción y la
sobreinversión.
En este punto cabe hacer una observación que
ilustra la diferencia entre la concepción de la inversión en que basamos este
escrito, y la concepción de los keynesianos de Cambridge. En la visión de estos
últimos, y citando a Pasinetti, “es el capital el que tiene que adaptarse a una
tasa de beneficio determinada exógenamente” [(1973) p. 171]. En la visión que
planteamos el capital no puede adaptarse a ninguna tasa de beneficio “dada”
porque una vez embarcados en guerras de precios, los capitalistas están
obligados a continuar la inversión so pena de tener que admitir la
desvalorización de los capitales ya invertidos; x - en la ecuación (3)- recoge esta incidencia, que si bien no es permanente, actúa como un acelerador de la
sobreacumulación del capital. Desde este punto de vista la inversión
termina afectando a la tasa de rentabilidad. La rentabilidad por su parte
afecta negativamente a la inversión, debilitándola. La tasa de beneficio por lo
tanto no está “dada”, como sostienen los autores de Cambridge, sino es un
resultado ex post sujeto a muchas
contingencias.
En la economía subdesarrollada con
orientación exportadora manufacturera que nos ocupa, el aumento de la relación
K/L, así como la presión bajista de los precios que deriva de la guerra
competitiva, terminan por hundir la tasa de ganancia. Dado que el sector
afectado por la guerra de precios es vital para la economía del país, la
presión bajista –esto es, la presión para la desvalorización del capital
mercancía, y de los capitales productivos-
se traducirá en una presión bajista sobre el valor de la moneda. De ahí el
impulso a la devaluación.[32] Si a su vez el auge fue
impulsado con endeudamiento externo, esta presión puede hacerse más concreta en
la medida en que los prestamistas no renuevan los créditos. El rápido
crecimiento del déficit de cuenta corriente –reflejo de la saturación de los
mercados de exportación del país en cuestión- establece un marco apto para el
estallido de la crisis financiera. Una vez estallada la crisis en algún país,
el efecto contagio se hará sentir en otros países con industrias esenciales
afectadas por la sobreproducción. Sobre esta base se desarrollan entonces las
crisis, potenciadas por los desplomes del sector financiero y las
devaluaciones. De nuevo se aplica ahora la secuencia descrita en la crisis
Minsky –insistimos, con conexión con la producción- agravada por la salida
abrupta de capitales.
A
modo de conclusión
En este trabajo hemos analizado los
escenarios de crisis cambiarias, desarrollando la idea sobre los límites
estructurales del tipo de cambio en los países subdesarrollados, inspirados en
lo esencial en la crisis argentina. Nuestra historia tiene algunos puntos de
contacto con el enfoque neo estructuralista y el planteo Minsky, pero a diferencia
de éstos se ubica en el cuadro teórico de la ley del valor trabajo, la
producción de plusvalía y la importancia de las variaciones de las tasas de
ganancia entre sectores para el comportamiento del tipo de cambio.
Destacamos que la dinámica repetida de estas
crisis potencia el atraso tecnológico relativo. En primer lugar, porque los cambios bruscos de
la rentabilidad de los sectores debilitan las inversiones a largo plazo,
fundamentales para superar el atraso. Se profundizan los desequilibrios estructurales;
los diferenciales de productividad se acentúan porque ora un sector, ora el
otro, sufre períodos más o menos prolongados de baja rentabilidad y por lo
tanto de baja inversión y renovación tecnológica. En segundo término, porque
los cambios en la situación competitiva de las exportaciones afecta a largo
plazo la posibilidad de inserción en la economía mundial. En tercer lugar,
porque las crisis financieras y bancarias periódicas –y los rescates a que se
ve obligado el Estado- imponen elevados costos en términos del pnb, y elevan el
endeudamiento público. Esta dinámica agudiza
–o sea, no es la razón determinante- el desarrollo desigual que está implicado
en la misma dialéctica de producción del valor en espacios nacionales
diferenciados por sus niveles de productividad.
Una conclusión, que atañe al análisis
político, es que los cambios en las tasas de rentabilidad de los sectores no se deben, en principio, a cambios en lo
que comúnmente se conoce como “el bloque de poder dominante”. El tema es
importante porque muchos analistas interpretan ex post los cambios ocurridos en las tasas de rentabilidad entre
los sectores como el resultado de políticas articuladas ex profeso desde el
Estado, con vistas a favorecer a tal o cual fracción de la clase dominante. Sin
negar la influencia que puedan tener los lobbies y grupos de presión en las
políticas económicas, nuestra visión es mucho más “objetivista”, en el sentido
que son las crisis las que plantean de
hecho cambios en las tasas de rentabilidad y abren (y cierran) períodos
durante los cuales algunas fracciones del capital pueden prevalecer sobre el
resto. Si un determinado sector gozara durante mucho tiempo de alta
rentabilidad, los capitales fluirían masivamente al mismo. Pero es la misma
volatilidad de las tasas de rentabilidad y de la situación general la que pone
obstáculos a este movimiento. Por otra parte los programas gubernamentales
reflejan muchas veces a posteriori
los cambios en la situación económica; aunque a su vez pueden acentuar una
línea de desarrollo.
Por último, hemos presentado una hipótesis
para abordar la explicación de crisis como las asiáticas de 1997-1998 desde el
punto de vista de la ley del valor trabajo, que pone en evidencia, una vez más,
el rol crucial que tiene el desarrollo tecnológico en la generación de valor
desde los espacios nacionales y la competencia entre los capitales.
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[1] Definimos el tipo de cambio, E, como el precio en moneda local de la moneda extranjera (lo que se llama denominación europea). Por lo tanto una suba del tipo de cambio alto significa una depreciación de la moneda local.
[2] (2) se trata infra.
[3] En nuestro trabajo no suponemos, como hacen los post keynesianos, que las empresas trabajan sistemáticamente con capacidad ociosa; no hay por lo tanto un problema sistemático de demanda. Si se tratara de una economía desarrollada y articulada, supondríamos –como los clásicos- que la tasa de utilización real en el largo plazo coincide con la tasa normal, entendiendo por “normal” no la tasa de utilización que es factible desde el punto de vista técnico, sino aquella que implica un uso de los equipos que permite su mantenimiento y un cierto “colchón” de capacidad.
[4] En
[5] En buena parte las razones de esta baja productividad están dadas por la misma dinámica que lleva a crisis periódicas cambiarias y financieras.
[6] La adecuación bajista de los salarios a las exigencias de la tasa de rentabilidad puede ocurrir, bien vía procesos devaluatorios-inflacionarios, o bien vía deflacionaria-desocupación, según el régimen cambiario flotante o fijo (se desarrolla infra).
[7] Remitimos nuevamente para esta discusión a Astarita (2004).
[8] A efectos de simplificar, suponemos que la economía no necesita importar bienes de capital circulante; incluir este factor no altera los resultados generales que obtenemos.
[9] Nos referimos a Frenkel (1981), Taylor (1992) (1998) y Frenkel y
González Rozada (2000). En estos trabajos se relaciona estrechamente la entrada
y salidas de capitales a las evoluciones de la tasa de interés internacional.
Los factores endógenos de la economía subdesarrollada tienen poca importancia.
En Frenkel y González Rozada en particular se vincula nítidamente la evolución
interna de la economía a la tasa de interés externa y los movimientos de
capitales. Sintéticamente, se sostiene que el nivel de ingreso depende
positivamente de la base monetaria y de la tasa de interés, y la inversión positivamente
del ingreso y negativamente de la tasa de interés. Además, dado un sistema de
cambio fijo con convertibilidad, la variación de la base monetaria es igual a
la variación de las reservas. En estas condiciones, la entrada de capitales
(decidida por los diferenciales de tasas de interés y las expectativas sobre
tipo de cambio futuro) generan el crecimiento y el auge; la acumulación de los
déficits en el sector externo sin embargo induce a una tendencia desacelerante
del crecimiento, y eventualmente a la crisis.
[10] Entre 1990 y 1998 hubo una entrada neta de capitales a los países atrasados de aproximadamente 2 billones de dólares, de los cuales 700 mil fueron IDE. El envío de beneficios desde los países atrasados por parte de las empresas creció a una tasa anual de 10% entre 1988 y 1998; datos UNCTAD 1999.
[11] Lo cual no niega la existencia de contradicciones y crisis en la teoría de Marx.
[12] Dividendos, rentas inmobiliarias, financieras.
[13] Ampliamos la discusión sobre la relación entre ahorro e inversión en Astarita (2005).
[14] Si los bancos endurecen las condiciones para otorgar el crédito –lo que en la literatura se llama un “credit crunch”- también suben los spreads sobre títulos de corto plazo y la tasa a la que las empresas descuentan documentos en el mercado monetario.
[15] Con relación a los promedios históricos de la economía subdesarrollada. En lo que atañe a la influencia del tiempo de circulación del capital sobre el mercado financiero, véase Marx (1999) t. 2 cap. 15.
[16] En la situación especulativa las empresas están obligadas a renovar
su deuda en cada período porque los flujos que entran sólo cubren los costos de
los intereses que pagan. El siguiente estadio es la situación Ponzi, en la cual
los flujos de ingresos de las empresas ni siquiera cubren los costos por
interés, de manera que deben tomar nueva deuda para pagar los intereses.
[17] Obsérvese que en la ortodoxia neoclásica la preferencia por la liquidez prácticamente ha desaparecido. De hecho –por ejemplo en los modelos de crisis cambiarias de Calvo- el único motivo de demanda de dinero es transaccional.
[18] Sobre las crisis Minsky, nos basamos en Minsky (1982) y en la
exposición de su teoría que presentan Papadimitriov y Wray (1999) y Schroeder
(2002). La explicación de las crisis de Minsky puede ser fácilmente extendida a
los países atrasados, donde un shock externo precipita el estallido de la
crisis financiera y cambiaria, véase Schroeder (2002).
[19] También en los modelos de los Nuevos Keynesianos el sector
financiero juega como amplificador o multiplicador de la crisis. Es lo que se
llama el “acelerador financiero”, desarrollado en Bernanke, Gertler y Gilchrist
(1998). Un caso de aplicación del modelo del acelerador financiero a las crisis
cambiarias y financieras es Gertler, Gilcrhist y Natalucci (2003). Sin embargo
los Nuevos Keynesianos reconocen que sus modelos no dan cuenta de las razones
del shock inicial que afecta a la economía. El sector financiero sólo acentúa
sus efectos, pero no explica por qué comienza la crisis.
[20] Si no varían las reservas
internacionales.
[21] Por otra parte, tampoco una crisis de la magnitud como la que padeció Argentina puede explicarse por meras “vulnerabilidades financieras”, como hacen Calvo y Talvi.
[22] Esta
cuestión es destacada por explicaciones tradicionales del estructuralismo;
ejemplo Aldo Ferrer en la década de los setenta. O sea, la raíz de la inflación
no es, en lo esencial, una cuestión monetaria, como sostienen los monetaristas;
aunque por otra parte luego la monetización –y en grado creciente- de los
déficits fiscales reactúa sobre la tasa de inflación, otorgándole, dándole
mayor impulso.
[23] Taylor (1992) p. 25-26.
[24] Véase Frenkel y Rozenwurcel (1989).
[25] Ibíd. p. 20; énfasis añadido.
[26] Es
interesante destacar que Frenkel y Rozenwurcel reconocen que si la resistencia
salarial impide que actúe el mecanismo de ahorro forzoso –que está implicado en
la devaluación, suba de precios y retraso de los salarios- el aumento del
coeficiente de exportaciones y el correspondiente aumento de la tasa de ahorro
interna exigirán la disminución de la participación de los sectores no
asalariados en el ingreso. Pero éste es el sector encargado de invertir y
exportar; por lo tanto una baja de sus beneficios redundaría en una baja de la
inversión, lo que atentaría contra la meta del crecimiento; véase pp. 23-24.
[27] Véase el capítulo 19 de Keynes (1986) sobre los efectos de la deflación.
[28] Así la crisis financiera internacional desatada a partir del default ruso de agosto de 1998 implicó una suba generalizada de los spreads de las tasas de interés en promedio para los siete países más importantes de América latina de 450 puntos básicos, previos a la crisis, a 1.600 puntos básicos en agosto de 1998. La entrada de capitales luego de la crisis se redujo drásticamente. De 100 mil millones de dólares en el año que terminaba en el segundo cuatrimestre de 1998, pasó a 37 mil millones de dólares en siguiente año; en términos de pnb bajó del 5,5% a 1,9%. La reversión súbita es explicada en lo esencial por la salida de inversiones de carteras. Luego siguió cayendo, al punto que en el año que terminaba en el cuarto trimestre de 2002 la entrada de capitales a los siete países más importantes de América latina fue de sólo 10 mil millones de dólares; todos los datos tomados de Calvo y Talvi (2005). Sin embargo es de notar que la salida de capitales no afectó a los países desarrollados. Y ni siquiera a todos los países atrasados; México no fue afectado por los retiros. Con lo cual se pone en cuestión la explicación de Calvo y Talvi, en el sentido que la crisis se habría debido a una salida generalizada de los capitales sin atender a “fundamentals” de ningún tipo.
[29] Krugman (1979) constituyó la base para los llamados “modelos de
primera generación” de explicaciones ortodoxas de las crisis “sudden stop”. En
lo esencial el primer modelo Krugman atribuye la crisis al excesivo gasto
fiscal, financiado con emisión monetaria, y tipo de cambio fijo. Ante la
previsión de una futura devaluación, y superado un punto crítico de pérdida de
reservas por el Banco Central, los inversores desatan el ataque especulativo
mucho antes de que las reservas se agoten, y obligan a la devaluación. Además
de atribuir el origen de la crisis a un factor exógeno (los malos manejos de la
política) los supuestos del modelo son extremadamente irrealistas. El país
produce un único bien compuesto comerciable, no existen problemas de
productividad ni de transformación de los valores nacionales en valor
internacional; se cumple la paridad de poder de compra; los precios y salarios
son completamente flexibles, el nivel de ingreso está al nivel del pleno empleo
y los agentes actúan en un mundo de expectativas racionales. Además la crisis
se explica por la simple agregación de comportamientos “micro”, de agentes
enfrentados a una política incoherente. Estas características principales del
modelo se mantienen en los modelos de “segunda generación” y los subsiguientes
elaborados por la ortodoxia.
[30] Según estudios citados en Crafts (1998) el output real por obrero
en la manufactura de Corea era, en 1993, el 49% del de Estados Unidos; el de
Taiwan era del 28% y el de China de sólo el 6% (igual que en 1980). En cuanto
al pnb real por hora de trabajo, calculado a moneda constante y en base a
[31] De todas maneras esta afirmación de Palma debe ser matizada; los países asiáticos tenían sus monedas pegadas al dólar, y éste se revaluó, previo a la crisis, con relación al yen y el euro; Stone y Kochar (1998).
[32] Que no se da si la economía está más integrada; en este caso la crisis de sobreproducción en algunas ramas del mercado mundial afectará sólo la parcialmente. En el caso de los países asiáticos, a la baja de los precios de semi conductores se sumó la suba del precio del petróleo, vital para sus economías; Stone y Kochar (1998).